Muestras varias y escritos diversos. Cuentos, elucubraciones, experimentos, observaciones, imaginario individual y colectivo. Lo que veo y reflejo.

martes, 23 de agosto de 2011

Haiku de las 7 p.m

En bicicleta
llega una sonrisa,
abre la puerta.

Haiku imperfecto 2

Desperté con el
lejano sabor de tu
beso en mi boca.

Haiku imperfecto 1

Hoy descubrí en
mi alhomada restos
de lágrimas secas.

Haiku de las 10 a.m

Monos humanos
levantan sus manos
sueltan silencio.

miércoles, 6 de julio de 2011

Haiku del mediodía.

Me reflejo en
mi reflejo y en el
grisáceo cielo.

sábado, 2 de julio de 2011

Haiku de las 5 de la tarde.

Hojas que al sol
bailan al son del viento
son sombras verdes.

jueves, 30 de junio de 2011

Haiku de las 10 de la mañana bis

Caramelos en
la boca saben rojos
y amarillos.

miércoles, 29 de junio de 2011

Haiku de las 9 de la mañana bis.

Sonrisa mueca
la sombra esconde la
feliz tristeza.

Haiku de las 9 de la mañana

Cielo sin nubes
placer de ver nevados
sin sus máscaras.

martes, 28 de junio de 2011

Haiku de las 4 de la tarde

Por la ventana
calor ultravioleta
lento se cuela.

Haiku de la 1 de la madrugada

Gotas pesadas
cortan la faz nocturna
y son silencio.

lunes, 27 de junio de 2011

Haiku de las 6 de la tarde

Lloré solo por
mi ojo derecho una
lágrima dulce.

sábado, 25 de junio de 2011

Haiku de las 10 de la mañana

Humo gris-blanco
sonido crispeante
pasto en llamas

viernes, 24 de junio de 2011

Haiku de la 1 de la tarde

Madera vieja
entre miles de ramas
verdes vestidas.

jueves, 23 de junio de 2011

Haiku de la medianoche

Patas arriba,
descansa así el can,
sus ojos negros.

jueves, 24 de marzo de 2011

Crónica Perdida: El mundo de hoy.

Volvieron los días fríos y el cielo gris cada vez se parece más al asfalto. Afuera del centro comercial, dos buses azules están estacionados junto a la parada. El bus N°12 llega minutos después y se coloca a uno de los extremos de la parada. Dos jóvenes asiáticos con prisa se dirigen hacia el bus: impacientes. Camino detrás de ellos y el frío me hace acelerar el paso.
Dentro del bus siento como el calor sube por mis piernas hasta poblar poco a poco mi cuerpo y descanso mi espalda contra el asiento. Afuera el conductor fuma un cigarrillo con calma rutinaria. Varios pasajeros más se acomodan en los asientos del bus N°12.
Un leve aroma a cigarrillo se percibe cuando el conductor toma su puesto detrás del volante. 3:17 p.m. Las puertas del bus se cierran y avanza paralelamente a la parada. Antes de dejar atrás el parqueadero del centro comercial, el conductor recoge a un último pasajero.
Sube e introduce seis monedas de 25 centavos en la máquina cobradora. El autobús ya está en movimiento cuando con paso lento se dirige a uno de los asientos delanteros. En una de sus manos lleva una bolsa. En letras verdes repetitivas se lee: “ONEDOLLARSTORE”. Se sienta.
Tiene puesta una chaqueta azul de tela impermeable, viste unos pantalones color beige con manchas apenas perceptibles a un asiento de distancia. Sus zapatos son blancos, deportivos y de velcro. Saca de su bolsa un paquete de papel de cocina marca “Bounty”, lo examina cuidadosamente y lo vuelve a guardar en la bolsa. Saca ahora un envase de limpiador de vidrios “GlassGlo”. Fija la mirada en el líquido azul, muy semejante al color de su chaqueta. Lo guarda en la bolsa. Mis ojos retoman su posición anterior, en sus zapatos: sus medias tienen agujeros.
No escucho más que las letras vanas que salen de los audífonos encajados a mis oídos. Y no veo más allá que de esa chaqueta azul eléctrico.
Su cabello gris blanquecino está peinado con esmero hacia atrás. Las arrugas de su cuello son pronunciadas. No puedo ver su rostro. Se refriega varias veces los ojos. Mueve sus manos jugando con la bolsa. Mantiene la mirada atenta al camino.
Llego a mi destino. Varios pasajeros más se ponen de pie. Avanzo hacia la puerta delantera, no sin antes dedicar un vistazo más hacia atrás. Veo su rostro cansado. Sus pequeños ojos negros brillan y se esconden entre los pliegues del tiempo.
Me bajo y cuando miro hacia atrás, solo está el azul eléctrico del autobús alejándose por el asfalto que cada vez se parece más al cielo gris.
“No quiero pensar en toda la tristeza del mundo de hoy” F.P.

martes, 8 de marzo de 2011

Piloto

Publicación escrita para Revista Horchata, Noviembre de 2010.

Un niño en el parque se columpia hacia adelante y hacia atrás, hacia adelante y hacia atrás. Cada vez más rápido, tanto que el viento hace que entrecierre sus ojos. Ya no siente pesadas sus piernas, ha dejado cerrados sus ojos. Ya no está más sentando en un columpio rojo cualquiera, en un parque verde cualquiera, de una ciudad gris cualquiera. Tiene una bufanda amarilla en el cuello, unos lentes de aviador y pilotea una Cessna 182, como la que construyó su abuelo pieza por pieza y que exhibe en una vitrina de la sala, vuela sobre valles, lagunas nevados, bosques gigantes, entra y sale de la nubes. Mientras avanza el cielo se vuelve cada vez más azul, vislumbra embobado el magnífico firmamento. Un vacío de tres segundos en el estómago después y está tirado de espaldas con las rodillas ensangrentadas, en un parque verde cualquiera, de una ciudad gris cualquiera.
Una joven sale del salón de clases, se acostumbrado a las ojeras que la acompañan desde hace una semana. Arrastra los pies por el piso de piedra, hasta llegar al lugar donde en la mañana ha dejado su bicicleta, se sube en ella y empieza a pedalear, siente que con cada movimiento, los músculos de todo su cuerpo rechinan de dolor. El camino de regreso a casa es largo, la noche cubre las calles, los borrachos zigzaguean en las esquinas. Ante sus ojos se desplaza un desfile de luces, amarillas, verdes, rojas, más amarillas, apenas puede mantenerse despierta. La ruta se la sabe de memoria, seguir recto, curvar a la derecha, recto otra vez, girar a la izquierda una vez y dos veces, seguir derecho con la vista al frente por aproximadamente cinco minutos, girar a la derecha y parar en la casa del árbol de guayaba, abrir la puerta, guardar la bicicleta y listo. La misma ruta, todos los días, todas las noches, todas las tardes…vista al frente por aproximadamente cinco minutos, sus ojos empiezan a cerrarse, gira a la derecha, cierra sus ojos por un instante, entre sombras mira a lo lejos el árbol de guayaba. Risas tímidas sacuden su cerebro, no hay ningún árbol de guayaba frente a ella, solo una pared blanca y un dolor inhumano al final de su espalda, nunca pedaleo, su cerebro piloteo en automático hasta su casa, mientras su cuerpo dormía montado en su bicicleta.
Dejando suposiciones y sueños atrás la verdad es que todos los seres humanos somos pilotos de nuestras vidas y de nuestros destinos, desde que adquirimos conciencia de nuestro papel en este mundo. Manipulamos una y otra vez los controles de nuestras “vanas existencias”, aceleramos, a fondo, maniobramos, frenamos a raya, zarpamos, despegamos. Subimos a la nave y nos sentamos frente a los controles de mando, respiramos, despegamos y esperamos no chocar. Algunos pilotean naves pequeñas, tan solo aeroplanos, realizan viajes de corta distancia. Otros, más ambiciosos quieren alcanzar el límite último del cielo. Hay algunos que nunca dejan el suelo, dan vueltas alrededor de la misma pista, una y otra vez, una y otra vez, siempre con el casco puesto, apretándoles el cerebro. Estamos cansados de “lo mismo de siempre”, esperamos desesperadamente que ese cambio de rumbo (para nuestras vidas) caiga del cielo. Somos los pilotos, siempre lo hemos sido, sólo nos da miedo salir de la cuadrícula.
“Los aviones se caen porque están cansados”, los pilotos se duermen porque se aburrieron del mismo panorama.

Lo que pasa en el metro

Cinco o seis almas en la estación. Tres pesos el boleto. Esperamos. Un vistazo rápido al reloj, es casi media noche. Sonreímos. Esperamos. Un ruido metálico se acrecienta. Entramos rápido. Ocho o nueve almas en los vagones. Un vistazo al reloj, no falta mucho para medianoche. Una parada, luego otra y otra. “Faltan 5 minutos para las 12” anuncia el conductor. Sonreímos. Nos paramos junto a ella. Medianoche. “Estas son las mañanitas que cantaba…”